EL PUEBLO DE LOS HOMBRES BELLOS

 

Horas después de haber echado aquel polvazo con Julio, me despertó cierto zarandeo. Extrañado, levanté la cabeza e incapaz de abrir los ojos, miré la hora que marcaba la radio-despertador de la mesilla de noche. Las doce y veintisiete. Giré el cuello hacia el otro lado y descubrí a una Alba despeinada, demacrada y con todo el maquillaje corrido, meneando a Julio para que se despertara.

—Buenos días —gruñí educadamente.

—Buenos días, Luisfo —respondió ella con voz de camionera adicta al güisqui. Pero al momento me ignoró para concentrar todas sus fuerzas en la tarea de despertar a su chico—. Julio, despierta. He pedido un taxi para volver a casa y está esperando abajo.

—No hacia falta —respondí—. Os puedo acercar en coche.

—No. Es mejor que me vaya ahora mismo. Me ha bajado la regla y he podido comprobar que no tienes tampones. He cogido uno de mi bolso, pero necesito ducharme y cambiármelo por uno limpio —explicó parloteando como una jodida científica. Pero mi terrible resaca me empujaba a mandarla a la mierda y seguir durmiendo—. Vamos, Julio. Levanta.

—No me apetece, Alba —se hizo éste el remolón mi gran colega, como si fuera un niño pequeño.

—Pues yo me voy —finiquitó ella el asunto, muy digna.

—Vale —concedió su novio.

—Perfecto —resolvió práctica—. Llámame esta tarde. —La chica se agachó, le dio un beso en la mejilla y se dispuso a salir de mi cuarto—. Hasta luego, Luisfo. Supongo que ya terminaremos lo que empezamos —dijo desapareciendo por el umbral de la habitación.

Al oír como se cerraba la puerta de mi apartamento, Julio rodó sobre sí mismo y se pegó a mi espalda, rodeándome con sus fuertes brazos. Me besó en el hombro y me dio los buenos días. A parte de eso, entre nosotros no volvió a pasar nada más. Nos despertamos, nos duchamos juntos, eso sí, quedamos como buenos amigos y así estábamos hasta ese mismo día, en aquel restaurante italiano, tomándonos un trozo de tarta de chocolate y naranja como postre.

El sitio ya estaba casi vacío, a excepción de nuestra mesa y otras dos cercanas. Julio miró el reloj y me sonrió.

—Tengo que irme corriendo o llegaré tarde al trabajo —se disculpó.

—Está bien. Vete tranquilo, que invito yo —dije.

—Bueno. Pero tenemos una cena pendiente para que conozcas a mi chica —habló mi colega, que me había contado que llevaba ya algo más de tres meses con una muchacha—. Te llamaré, ¿vale? —Yo asentí viéndole ponerse el abrigo—. Bueno, Luis Felipe —dijo mi nombre completo con cierta gracia. Me levanté y volvimos a abrazarnos. Esta vez, el grandullón de Julio me dio un sonoro beso en la mejilla—. Te quiero, tío. Me alegra verte tan bien como siempre.

—Y a mí de verte a ti, que cada vez estás más macizo y más guapo —bromeé, aunque era totalmente cierto.

—Eso es porque me ves con buenos ojos —me revolvió el pelo—. Venga, tío. Cuídate. Ya hablamos.

—Vale. Cuídate tú también, grandullón —le guiñé un ojo—. Adiós.

Vi como aquel chico que bien podría ser el hombre de mi vida se dirigía hacia las escaleras y desaparecía. Me senté de nuevo en la silla y acaricié la suave tapa dura de mi manual de sociolingüística. Pedí la cuenta, pagué, me puse el abrigo y cogí el pesado libro. Lo mejor sería volver a mi pueblo y, una vez allí, dirigirme a la biblioteca para terminar de ojear el tocho que tenía asido entre los dedos.

La parada del autobús no quedaba lejos de donde estaba, y el aire frío de finales de enero no me vino mal para despejar mi mente tras la horda de recuerdos que habían llegado hasta a mí durante la comida. Caminaba a buen ritmo, con los auriculares del MP3 sonando a toda tralla, cuando noté que mi bolsillo vibraba. Saqué el móvil rápidamente y descolgué.

—Dime, papá.

—Luisfo. Soy Papá.

—Dime —me aguanté la risa.

—¿Qué tienes que hacer esta tarde? —preguntó mi progenitor.

—¿Qué tienes que proponerme? —jugué con él.

—A ver, te cuento. Pues resulta que Sanchís, mi compañero de mus, tiene a su chaval con una recuperación de un examen de Inglés mañana. Anda como loco porque no quiere que suspenda y me ha preguntado si tú puedes echarle una mano esta tarde para repasar. Dice que te pagará bien.

—Bueno —acepté—. Yo ahora mismo voy para el pueblo y tengo que pasarme por la biblioteca. Si le viene bien, que se pase por allí. ¿Quién es el chaval? —arrugué la nariz, intentando acordarme del hijo del tal Sanchís. Al amigo de mi padre le conocía, pero no al chico.

—Pues seguro que le has visto por el pueblo. Bueno. Él sí sabe quién eres tú, así que le llamo y que te busque en la biblioteca.

—Perfecto, papá. ¿Lo demás bien?

—Sí, sí. Voy a ver si engaño ahora a tu hermano y nos vamos a comprar.

—Estupendo, papá. Bueno, pues un beso.

—Un beso, hijo.

Conforme con la idea de un jugoso sobresueldo que llenase mi cuenta corriente, vapuleada tras el viaje a Méjico, tomé el autobús y éste me dejó a la entrada de aquella especie de ciudad-dormitorio en que se había transformado lo que antes era un reducido pueblo. Vivía allí desde los 15 años más o menos y en el último tiempo aquel lugar que me había visto crecer comenzaba a convertirse en una especie de urbe en donde las urbanizaciones de chalets eran el pan de cada día.

El caso es que, nada más bajar del autobús, di otro paseo hasta la biblioteca. Bien podía coger el coche por la mañana para ir a trabajar a la Universidad y después volver sin necesidad de dar un paso, pero los atascos en la autovía quitaban las ganas de conducir a cualquiera. Además de que no estaba de más colaborar con el medio ambiente y con mi economía doméstica. La gasolina es cara y contamina. Así que mi bonito Ford Focus sólo se movía para lo justo y necesario.

Me planté delante del edificio en donde pasaba bastantes horas a lo largo de la semana. En ese momento no debía de haber mucha gente, pues, aunque todos los universitarios estaban de exámenes, eran poco más de las cuatro y media de la tarde. Aprovecharía hasta que llegara el muchacho al que debía de dar las clases de inglés.

Entré y crucé el pequeño hall hasta acercarme al mostrador en donde Chema y Paola, los bibliotecarios, miraban referencias de libros y tecleaban en los ordenadores como condenados. Aquella tremenda rubia teñida de apenas cuarenta años lograba que su pronunciado canalillo se viera desde la puerta. Escotada hasta el esternón la muy perra, con sus labios gruesos y carnosos y sus faldas que podían escandalizar a cualquiera. Madre de un niño conseguía sacar los colores a todos los usuarios del recinto, incluidos los más jovencitos. Y tras ella estaba Chema, aquel ratón de biblioteca que trabajaba allí como auxiliar, con sus gafitas con montura al aire, su media melena castaña recogida en una pequeña coleta, su tez algo pálida, decorada con una rala perilla y sus característicos dockers que le daban un aspecto algo "grunge" e informal.

—Mira quién está aquí —Dijo Paola a su ayudante al verme entrar. Chema levantó la cabeza y me saludó con una sonrisa.

—¿Qué hay, tío? —hizo el chico un gesto con la mano.

—¿Cómo estáis? —pregunté.

—Pues aburridos, cariño —suspiró la rubia con resignación—. Esta biblioteca es un coñazo hasta al menos las siete de la tarde.

—¿Por qué hasta esa hora? —interrogué curioso.

—Porque es cuando vienen los hombres más interesantes —rió Chema, sin apartar la vista de la pantalla del ordenador.

—¡Tú, calla! —le pegó la mujer un codazo—. O contaré aquello que hiciste una vez…

Hacían una pareja tan graciosa. Parecían un matrimonio. Ella intentaba imponerse a Chema y escandalizar al muchachito, pero éste la picaba y ella caía como una tonta en todas sus bromas. Sus discusiones eran un caos. Así que como vi la oportunidad de dejarles entretenidos, me disculpé e hice por escaparme hacia una mesa.

—Ah, Luis Felipe, amor —me llamó ella—. Si ves a tu hermano dile que se ha retrasado dos días en la entrega de un libro. No me quedará más remedio que amonestarle por ser un niño malo.

Solté una carcajada, pues eso de la amonestación llevaba un doble sentido bastante cargado de sexualidad. Me imaginé a mi pobre hermanillo, Manu, que no era más que un pipiolo de 19 años al que todavía le quedaba bastante por despabilar, aunque ya parecía que rompía el cascarón y sacaba la cabeza fuera.

—Se lo diré. No te preocupes —dije, y sin más preámbulos me dirigí a una de las mesas cercanas, en donde había algunos sitios vacíos pero atestados de apuntes, bolígrafos, libros y subrayadotes de llamativos colores.

Tomé asiento allí mismo. En la misma mesa de seis había otro chico, sentado justo enfrente de mí. Me quité el abrigo y busqué la hoja del manual en donde había dejado la lectura. Me di cuenta de que el chico sentado frente a mí me observaba curioso. Levanté la cabeza y aquella cara me resultó conocida.

—Hola —saludé desprevenido.

—Hola —respondió el muchacho.

Se trataba de aquel chico del cual no recordaba su nombre. Sabía que su hermano mayor se llamaba Jaime y que era un tremendo berraco heterosexual de piel muy blanca y pelo entre castaño y pelirrojo. ¡Me ponía una barbaridad el hermano del chico! En algunas fiestas habíamos coincidido por tener amigos en común. El caso es que los padres de estos dos chicos, del que estaba frente a mí y de su hermano, tenían una de las varias pensiones que había en el pueblo, y por eso me sonaba la cara del chaval, aunque no era capaz de recordar su nombre… ¿Paco? ¿Pa…? ¿Pa…? ¡PABLO! (Ver serie de relatos La Pensión). Eso era, el chico se llamaba Pablo. Estaba buenecillo el cabrón, con su carita guapa y moreno, unas mejillas un poco sonrojadas que le daban un aspecto sano y saludable. Debía de tener unos 22 años o por ahí, y era altamente follable.

Tampoco quise desconcentrarme mucho pensando aquello, pues bien sabía que el tener los cojones llenos me afectaba a la razón y en cualquier momento podía caer en divagaciones erótico-fantasiosas, en donde me imaginaría a aquel chaval tragándose toda mi hinchada polla mientras ambos estábamos clavados de rodillas sobre la mesa de la biblioteca. No me importaría hacer que me la chupara sin sacársela de la boca ni un momento, hasta que me corriera allí dentro. ¡Basta!, Luisfo, me dije.

Volví mi atención sobre el manual de sociolingüística, pero saber que tenía un chico guapete delante, me hacía levantar la cabeza a cada poco y verle concentrado, garabateando algo en sus apuntes. La noche de antes me había hecho una paja antes de irme a dormir, pero a esas alturas, casi 18 horas después, los efectos de mi testosterona hacían estragos. Me apetecía tanto estrujármela, masturbarme como un perro. Pero tenía que calmarme porque no podía ser. En breve llegaría el chico al que tenía que ayudar a repasar Inglés. Iríamos a mi casa y allí, quizás en un receso mientras el chico hacía algún ejercicio, yo pudiera meterme en el baño y liberar tensiones.

Un pensamiento me llevaba a otro, y otro a su vez me transportaba más lejos. Muy lejos de mi manual e incluso lejos del chaval de la pensión. Me llevó hasta las semanas que pasé junto a mi amigo Ray entre Tijuana y San Diego, en donde viví una tremenda experiencia.

Conocí a Ray durante mi Erasmus en Roma, hacía ya casi tres años. Su carácter algo introvertido fue lo que más me atrajo de él, pues me resultaba misterioso, despertando mi curiosidad. Fue ahí cuando comenzó nuestra amistad. Cuando volvió a Méjico sólo nos habíamos visto un par de veces más, una vez que yo crucé el charco y otro que vino él a España. El tercer reencuentro desde que nos despedimos en Roma había ocurrido apenas hacía tres semanas.

Ni que decir tiene que Ray conoce de mi orientación sexual, y aunque a un católico convencido como él le chocó mucho al principio, finalmente acabó aceptándolo, lo que no hacía ni quince días provocó una de las situaciones más excitantes y morbosas de toda mi vida. Me había hecho por lo menos una treintena de pajas pensando en aquella noche en el apartamento que compartía Ray con su amigo Emilio, también mejicano, allí en San Diego.

Habíamos pasado el día dando vueltas por la ciudad, acabamos cenando unas enchiladas y comprando cervezas, con lo que nos fuimos al pequeño apartamento de los chicos. El calor era bastante fuerte a pesar de ser enero y teníamos las ventanas abiertas de par en par para que entrara el fresco de la noche. Nos sentamos en los sofás, abrimos unas latas de birra y comenzamos a charlar.

En aquel saloncito con el suelo enmoquetado no había demasiados muebles: una estantería, un sofá de dos plazas, un sillón de una plaza, la televisión y una mesa con cuatro sillas. En el sillón pequeño estaba yo sentado, Emilio se había acomodado en el sofá grande y Ray en una de las sillas. El cabrón de Emilio era tan moreno de piel como Ray, los dos tenían en pelo moreno y con grande bucles, pero en cuanto a su cuerpo había diferencias considerables. Emilio era un tipo normal, tirando a delgado, y muy guapo. Sin embargo Ray no era tan guapo, aunque tenía un algo, y en sus camisetas se marcaban su tripita y sus tetas a causa de la falta de ejercicio. No es que estuviera gordo, pero sí un poco fondón. A mi parecer, ambos tenían su cierto atractivo. Dos gallitos mejicanos completamente heteros, Emilio totalmente extrovertido y Ray lo contrario. Se conocían desde niños, así que eran algo así como hermanos, de modo que Ramón, Ray, se comportaba con tremenda desinhibición al estar en completa confianza con nosotros dos.

El caso es que el tema de conversación tras dar cuenta de al menos tres cervezas derivó hacia el sexo y nuestras practicas predilectas. Ray había puesto a sus amigos más íntimos en antecedentes respecto a mi orientación sexual, de la cual, ni yo me avergonzaba ni mi amigo tampoco, así que unos más que otros lo tomaron a bien. Emilio era uno de estos últimos, no parando de bombardearme con preguntar de todo tipo.

—Pues yo estuve con una lindísima muchachita bien calentona —me explicaba éste—. ¿Recuerdas a Rachel, güey? —preguntó a Ray, que asintió con la cabeza—. Pues esto jamás lo conté a nadie —rió—. Pues a esa putita le gustaba hacerme besos negros —declaró entre risas, dejando asombrado y con los ojos como platos a su mejor amigo—. Se arrodillaba, le ponía mi culo en pompa y me chupaba el agujerito —continuaba explicando tan desinhibido el mejicano—. Me daba mucho gustito, así que la muy putona decidió por su cuenta meterme un dedo.

—¡Qué te folló con un dedo! —exclamó Ray.

—Sí, cabrón —se desquitó Emilio para continuar su relato sin interrupciones—. Y además me gustó, así que a veces, cuando le ponía la polla entre las tetas y me masturbaba la muy guarra me decía si por favor podía meterme un dedito.

—¡Y accedías, puto! —gritaba Ray.

—Ay, pues no voy a acceder con esa cara de pena que me ponía —se defendió Emilio.

—¿Por qué no me contaste, cabrón?

—Pues porque yo no sabía que eras tan abierto con estos temas —me señaló el guapo mejicano—. Me quedé perplejo cuando me contaste lo de Luisfo.

Ray guardó silencio sin saber que decir. Pero finalmente pareció encontrar algo.

—¿Y cómo que te dio gusto? ¿Lo volviste a hacer? —interrogó.

—Pues no. Como que yo cuando estoy solo no se me antoja nunca. Pero si viene una chica relinda y me lo pide…

—Cabrón, ¡Eres más puto que Luisfo! —soltó Ray con malicia.

—¿Y eso a qué se debe? —preguntó Emilio.

—Pues que ni a Luisfo no le gusta que le metan nada por el culo, cabrón.

—Hey —llamé su atención para participar de la conversación, a la cual había asistido hasta el momento como oyente, pues me hacía mucha gracia—. No es que no me guste, todo depende del momento y la persona.

—¿Y eso cómo es? —interrogó Emilio frunciendo el ceño,

—Pues que si un chico que me quiere follar el culo tiene una polla muy grande no me dejaré, porque me hará mucho daño.

—Eso quiere decir que Ramón ya te dio por el culo, porque la tiene chiquita —rió a carcajada limpia el guapo mejicano.

Mi amigo Ray le miró mosqueado.

—No tendré la polla grande, pero la uso de maravilla —replicó—. Al menos a mí no me meten dedos por el culo.

—¿Y cómo se siente cuando te meten una polla ahí? —continuó preguntándome Emilio para resolver sus dudas.

—Pues no sé —me encogí de hombros—. Depende de la polla y del morbo que te de. A mí no me gusta que me follen el culo, pero depende de quién me lo haga me da morbo o no. Por eso me dejo.

—¿Por qué haces ese tipo de preguntas? ¿Te asaltaron las dudas o qué? —se dirigió Ray a Emilio.

—Pues no sé, cabrón. Tenía curiosidad por saber si da placer, lo mismo que cuando te metes un dedo.

—Entonces prueba a meterte otra cosa y lo descubres —rió Ramón.

—¿Y el qué me meto, hijo de la chingada?

—A lo mejor la polla de Luisfo —soltó mi amigo sin más.

Se hizo un tenso silencio. Me quedé mirando a ambos con los ojos bien abiertos, perplejo. Emilio me miró incómodo y Ray sonreía con malicia.

—No dije que quisiera que me follara un hombre —rebatió el guapo mejicano—. No soy un puto.

—Mira, cabrón —se levantó Ramón de su asiento—. A mí me da igual lo que hagas. Eres mi amigo y lo seguirás siendo. Pero no te quedes con las dudas. Pruébalo si se te antoja.

—Pero… —abrió Emilio la boca—. No me refería a nada de eso. No me gustan los hombres.

—No he dicho que te gusten. He dicho que resuelvas tus dudas. —Emilio me miró y Ramón salió en dirección a la cocina, a traer cerveza para los tres. El guapo mejicano y yo intercambiamos miradas. La mía era de expectación y la de Emilio de completa turbación. Ray volvió y nos dio una birra a cada uno—. ¿Qué decides?

—Nada —suspiró Emilio, dando un trago a la rubia y fresca bebida.

—¿Tú qué dices Luisfo? —me preguntó mi amigo.

—¿Yo? Yo no digo nada. Cada uno es libre de elegir lo que quiere probar o no.

—Y si yo te dijera que dejo que me metas mano, que me toques con la ropa puesta, me acaricies, me desnudes y me beses por el cuerpo. ¿Qué harías? — soltó Ray tan campante. Sonreí divertido ante la disparatada proposición.

—Sí me dejarás hacer eso, aunque sé que no debo, supongo que lo haría —respondí.

—Bien. Entonces hagamos un trato los tres —continuó Ray—. Dejaré que me hagas todo eso y si se me pone la polla dura, Luisfo, me darás por el culo hasta que no puedas más. Te dejaré que me folles mi culo virgen y heterosexual muy a pesar de que no me guste o no disfrute.

—No voy a hacer eso, Ray —meneé la cabeza, algo cabreado por lo disparatado de la situación. Porque sabía bien que Ramón era plenamente hetero, y podía poner la mano en el fuego. Es más, sabía que ni siquiera tenía dudas. No entendía porqué estaba diciendo aquellas sarta de tonterías.

—Déjame que termine —me detuvo—. Después harás lo mismo con Emilio. Si se te pone la polla dura —se dirigió a su amigo—, yo mismo me encargaré de meterte un dedo en el culo y follarte con él. Y si además eso te excita, dejarás que Luisfo te folle.

—¿Y por qué no te lo follas tú? —alegué.

—Porque puedo ser muy macho, pero no creo que se me levante.

—Pues a lo mejor te sorprendes a ti mismo —repliqué.

Tras decir esto Ray y yo miramos a Emilio, que estaba pensativo.

—¿Qué dices, güey? —insistió Ramón—¿Aceptas?

—Sí, cabrón. Acepto —sonrió finalmente el guapo mejicano, estrechando la mano de su amigo—. Todo sea por ver como te rompen el culito.

—Ni soñando —añadió Ray—. Sé bien que no se me levantará con otro tío.

Ramón, entonces, me miró expectante, dando por sentado que yo también había aceptado el trato. ¿Lo había hecho? En lo más recóndito de mí, sí, lo había hecho. Ramón, que continuaba en pie junto al sofá de dos plazas, dio unos pasos hacia mí, quedando frente a mi cara.

—Cuando quieras —me dio la señal.

—Joder, Ray. Estás loco. ¿De veras quieres que te meta mano?

—Pero hazlo con cariño —me guiñó un ojo— Cómo me has dicho que sueles hacer —bromeó.

—¡Puto loco! Que sepas que lo pienso a hacer, eh —le advertí.

—Es lo que quiero. Pero disfrútalo, porque no creo que esta ocasión se vuelva a repetir.

No dije nada más. Simplemente le tomé de la cintura, me puse en pie y le obligué a sentarse en el silloncito de una plaza. Después me arrodillé frente a él, le miré y decidí, ¿por qué no?, darme un homenaje. Me iba a poner morado sobando, lamiendo y acariciando a mi amigo hasta que su polla se pusiera totalmente dura. Usaría mis mejores armas. Tras esto no le quedaría más remedio que prestarme su culo, primero para ensalivárselo con mi boca y luego para abrirme paso en él con mi venoso nabo. Mi amigo Ramón, aquel mejicano morenito tímido y bonachón, iba a sufrir mi empalamiento por decisión propia y por pura insensatez. El caso es que me parecía un juego divertido, a pesar de saber que después podría tener sus consecuencias. La amistad y el sexo no se deben mezclar.

Planté mis manos en sus caderas y comencé a subirlas por debajo de su camiseta, tocando ya la suave piel de su imberbe y algo prominente barriguita. Acaricié toda la zona, masajeé todo su vientre levantando un poco más su camiseta, mirándole de vez en cuando. Me contemplaba con una sonrisa enigmática, esperando mi siguiente paso. Subí aún más con mis manos y agarré con fuerza sus tetazas también un poco gorditas, con aquellos pezoncillo pequeños y morenos. Posé mis labios en su ombligo y le besé, arrastré un poco mi lengua y trepé, levantando más y más su camiseta hasta dejar todo su torso al descubierto.

Como ya he dicho, Ray no estaba cachas, si no que le sobraban un par de kilos, aunque no demasiados. No era un chico gordo, era normal. Pero me encantaba su cuerpo, me daba morbazo. Como por ejemplo aquellas dos tetas, que sobé con fruición y acabé llevándome a la boca para mamarlas. Mi amigo emitió un gemidito de impresión cuando le mordisqueé el pezón, pero él sólo puso una mano en mi cabeza y me hizo ver que no quería que fuera tan brusco. Pero yo continué mordiendo sus tetas, lamiéndolas, besándolas, hasta cubrirlas por una húmeda película de saliva. Desde allí ascendí hasta su cuello, que también besé y recorrí con mi lengua. Su afeitada barbilla, acercándome peligrosamente a sus labios… No iba a morrearle, solo iba a…

Fui a darle un pico y me sorprendió que Ray me tomara con suavidad por la barbilla y acercara sus labios para corresponderme.

—Guapo —me dijo tras el pico, y acarició los cortos y rubios pelillos que dejaba nacer bajo mi labio inferior. Me miró con calidez—. Hasta aquí. Besos no.

—Bien —acepté.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Más que bien —dije yo, separándome un poco y mostrándole el bulto de mi entrepierna. Me apreté el paquete y se marcó más mi gorda polla, aprisionada en el slip.

—Me alegro.

—¿Y tú como vas? —pregunté.

No me respondió al instante, sino que se deshizo de su camiseta y me miró pícaramente.

—Descúbrelo por ti mismo —señaló su paquete bajando sus ojos hasta allí.

Sin reparos me lancé a desabrocharle el cinturón, el botón de los pantalones y la cremallera. Después tiré hacia abajo y aparecieron unos gallumbos sueltos y largos con figuras de los "looney tunes". Emilio nos observaba con gesto grave desde el otro sofá. Comencé a bajarle muy lentamente los calzoncillos y empezó a aparecer una piel de tonalidad más clara a la par que asomaba una muy poblada maraña de vello púbico. ¡Menuda pelambrera se gastaba allí el cabrón de Ray! Cuando ya tenía los calzoncillos por las rodillas y pude observar sus pálidos muslos con un poco de vello, además de aquella selva de su entrepierna, también advertí como una fláccida y pequeña polla reposaba sobre unos huevos de buen tamaño y un poco arrugados.

—¡Joder, Ray! —dije sorprendido—. Nada de nada, eh.

—Por ahora no —sonrió satisfecho—. Tendrás que hacerlo mejor. Aunque te advierto que ni vale chuparla ni masturbarla para que se ponga dura.

—Uhmmmmm. Vale —acepté.

Él se la tocó un poco. Efectivamente, Ray tenía una polla pequeñita tirando a normal. Calibre que aquello no crecería más de 14 cm, pero se me antojaba deliciosa. 14 cm de la carne de mi mejor amigo era todo un manjar.

—¿Puedo? —pregunté.

—Claro —me dio permiso.

Alargué mi mano y enganché aquellos cojones, estrechándolos con toda mi mano. Creo que le hice un poco de daño, pero mi amigo pareció no inmutarse. Se los sobé un buen rato, los acaricié, le toque su arrugada polla, jugué con su pellejo. Pero aquello no reaccionaba.

—Me apetece saber cómo hueles —declaré entonces sin ningún tapujo.

—¿Te refieres a cómo huelo ahí? —señaló su entrepierna. Yo asentí. Ramón me enseñó sus perfectos y blancos dientes, levantó sus piernas un poco y dejó a la vista un poco de la raja de su culo, cubierta de un ralo y ensortijado vello. Me tomó por la nuca y me arrastró hasta allí.

Me pareció increíble notar en toda mi cara los calientes huevotes de Ray, sus pelos contra mi boca y sus nalgas. Me restregué un poco e incluso saqué la lengua, le mordí el culo con alguna queja por su parte, pero me dejó continuar. Sabía que aquello me estaba gustando. En un arrebato pasional, de pura cachondez, me separé de él, que me miró interrogante, me deshice de mi camiseta y de mis pantalones, y finalmente arrastré hacia abajo mi slip, sacándomelo por los tobillos.

Emilio pudo observar mi perfecto y blanco culo, y Ramón mi pollote bien duro y tieso. Di un paso hacia delante y me tiré sobre mi amigo, que me recibió de buen grado, quedando cuerpo contra cuerpo, mi dura polla contra su pene fláccido. Pero no me importó, porque empecé a restregarme y a magrearme con él. Le tomé por la cintura y hundí mi boca en su cuello para hacerle enloquecer. Ray, todo lo que hizo, fue plantar sus manos en mi culo y apretarme contra él, sujetándome por los cachetes.

Me separé un poco y le miré acalorado, con la respiración entrecortada.

—Ray —le llamé—. Ray, déjame comerte la boca —le pedí.

Me miró sin pronunciarse. Pero finalmente le vi separar los labios, quieto, sin acercarse a mí. Me estaba dando la señal de que lo hiciera yo, así que abrí mi boca y me fundí con él en un intenso morreo, lengua contra lengua, saliva contra saliva, con sus manos apretándome las nalgas y yo sus gordas tetas. Juro que fueron siete minutos de no parar de morrearnos, de enzarzarnos en una batalla de beso continuo, perdiendo mis dedos entres los amplios bucles del negro pelo de Ray, que comenzaba a sudar como un cabrón. Lo mismo que yo. Era enajenante la forma en que me besaba, era un jodido cabrón apasionado. Mi amigo Ray era la hostia. Entonces sentí que mi polla escupía sobre él un caliente e intenso chorrazo de líquido preseminal que se asemejó a una incontenida meada. Estaba muy caliente, joder.

  

 

¡¡ SEXO EN DIRECTO !!

Aquí podrás ver cientos de videos y chat en directo con nuestros chicos, y programas de sexo en total EXCLUSIVA en total ANONIMATO y sin Tarjeta de Crédito.... 

ENTRAR

 

 

 

Series de Fotografías

Pincha las series que mas te gusten
GRANDES PENES
SEXO ANAL
GAY AMATEUR
FOTOS ARTÍSTICAS
CHICOS ASIÁTICOS
CARTOONS GAY
CHICOS CACHAS
CHICOS DE COLOR 
PAREJAS GAY
CHICOS EN EXTERIORES
HOMBRES GUAPOS
JOVENES
MODELOS JOVENES
SEXO ORAL
SADO GAY
TRIOS Y ORGIAS GAY
CHICOS DE UNIFORME
MASTURBACION GAY
 

WEBS AMIGAS

 
 
 
 
 

CONECTAR

OTRAS SECCIONES
* RELATOS EROTICOS
* JUEGOS EROTICOS
* HOROSCOPO
* BROMAS
 
 

VOLVER A FOTOS GAY